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(escribe prof. Alejandro Carreño T. ) Sí, de esto sabemos los chilenos. De buscar entre los escombros rastros de vida. El país se moviliza donde puede y como puede. Y el día y los días son tan oscuros como la noche. Las comunicaciones se cortan, y el no saber qué pasó con tus seres queridos, el no tener noticias de ellos, terremotea el alma y sacude la conciencia. La angustia se apodera de todo tu ser, amigo lector.
Lo vivimos con mi esposa para el terremoto del 27 de febrero 2010, a las 03.34 horas: grado 8.8, epicentro en la Región de Bío Bío, actual Región de Ñuble. Mi hija se encontraba en ese lugar, donde el cataclismo se enseñoreó. Fueron días de espanto, de corazón apretado, de mirarnos con mi esposa buscando cómo comunicarnos con ella. Luego de una semana, sí exactamente una semana, nuestra hija consigue comunicarse con mi hermana y ella con nosotros. Estaba bien. Quien no ha vivido episodios como este, no puede comprender empíricamente lo que vive el pueblo venezolano en estos minutos.
Venezuela vive la pesadilla que los terremotos provocan. A la destrucción de las ciudades y la pérdida de vidas humanas y, por qué no decirlo, también de animales, el pueblo comienza a vivir la falta de alimentos y de agua. A veces, como ocurre ahora con Venezuela, su situación económica y política vuelve más compleja la realidad, porque escasean los recursos indispensables para ir en ayuda de la gente. Los equipos de rescate se hacen insuficientes y las máquinas necesarias no dan abasto. Los días se vuelven pura oscuridad.
Y como si todo este cuadro dantesco no bastase, aparecen los infelices saqueadores. Esos desalmados que, como carroñas, se alimentan del dolor humano. En Chile ya lo sabemos. Y los no menos infelices que lucran con lo que tienen, vendiendo el agua, por ejemplo, a precios exorbitantes. O un pan o un litro de leche. Gente que debiera ser severamente punida, no tanto por no tener ningún sentido de lo humano, sino, simplemente, por ser delincuentes comunes y saqueadores del dolor humano. Para el terremoto de Valparaíso en 1906, el saqueador era fusilado en el acto. Pero hoy vivimos tiempos más “civilizados” y esta lacra se ríe de los peces de colores.
Los dos terremotos venezolanos, simultáneos, han conmovido al mundo. Y el mundo se ha movilizado. Nadie quiere quedar fuera de esta cadena solidaria, lo que demuestra que, no obstante las guerras, el petróleo, las disputas territoriales y la inexistencia de relaciones diplomáticas, la comunidad internacional se hace presente para aliviar el sufrimiento y la incertidumbre de los venezolanos. Los brigadistas chilenos, que ayer partieron rumbo a Caracas, tienen experiencia en terremotos vividos en Haití, Ecuador y Chile. Un segundo vuelo con ayuda humanitaria se realizará el próximo domingo.
“Solidaridad” es una bella palabra del diccionario, también lo es cuando la tierra busca su acomodo y desata la tragedia humana. Pero debiera serlo en el día a día, porque ella implica compañerismo, fraternidad. Tragedias como las de Venezuela son también una lección de vida, dolorosa, por cierto, pero que fortalece el espíritu humano para enfrentar el dolor, la destrucción y la muerte. Los chilenos sabemos de todas estas cosas.
Y también de lo que significa la palabra “solidaridad”, porque muchas veces el mundo ha llegado hasta nosotros cuando lo hemos necesitado, como ahora se encuentra en Venezuela para estar con su gente y decirle: ¡Aquí estamos contigo!
¡No te abandonaremos!
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