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(escribe Sergio Pérez) Cada 1.º de mayo vuelve a instalarse una pregunta que rara vez ocupa el centro de la conversación pública: ¿qué trabajos reconocemos como tales y cuáles seguimos dejando en una zona de cortesía, entusiasmo o sacrificio personal? La cultura, con demasiada frecuencia, queda atrapada en ese lugar ambiguo donde se la celebra en los discursos, se la invoca en los actos oficiales y se la reclama para dar brillo a los encuentros sociales, pero no siempre se la remunera con la seriedad que corresponde.
Durante mucho tiempo se asoció el trabajo a lo visible, a lo físico, a aquello que deja una marca material inmediata. La herramienta, el ladrillo, la máquina, el mostrador o la oficina fueron entendidos como signos evidentes de productividad. En cambio, el ensayo de un músico, la escritura de un texto, la preparación de una clase, la investigación patrimonial, la gestión de una actividad cultural o la elaboración de un proyecto parecieron quedar en un plano menos tangible, como si aquello que no se puede cargar en una bolsa o medir en metros cuadrados tuviera menos valor.
Ese error de mirada ha generado una de las injusticias más persistentes del campo cultural: la naturalización del trabajo gratuito. Muchos artistas y trabajadores de la cultura conocen bien esa escena. Una invitación amable, una propuesta “para mostrarse”, una participación “por amor al arte”, una actuación honoraria que, si se rechaza, puede ser leída incluso como falta de compromiso o soberbia. El problema no está en la colaboración solidaria, que forma parte de la vida comunitaria. El problema aparece cuando la excepción se convierte en regla y cuando el reconocimiento simbólico pretende reemplazar a la remuneración justa.
Nadie le pide al médico que atienda gratis porque su vocación es noble. Nadie espera que el albañil levante una pared por visibilidad. Nadie supone que el carpintero, el cerrajero, el electricista o quien corta el pasto deban trabajar como gesto espiritual hacia la comunidad. Sin embargo, al músico, al escritor, al fotógrafo, al gestor cultural, al actor, al artesano o al investigador local se les sigue pidiendo muchas veces que entreguen su conocimiento, su tiempo y su oficio como si la cultura se sostuviera sola.
La pandemia dejó en evidencia, con crudeza, esa fragilidad estructural. El informe Evaluación del impacto del COVID-19 en las industrias culturales y creativas, elaborado por MERCOSUR, UNESCO, BID, SEGIB y OEI, señala que las industrias culturales y creativas en América Latina y el MERCOSUR estuvieron históricamente vinculadas a trabajadores autónomos con escasa protección social y económica. También estima que 2,6 millones de puestos de trabajo fueron afectados y que trabajadores y empresas reportaron pérdidas de ingresos y ventas del orden del 80%.
Ese dato no debería leerse como una cifra lejana de organismos internacionales. Tiene rostro concreto: salas cerradas, músicos sin escenarios, técnicos sin sonido que montar, gestores sin actividades que coordinar, artesanos sin ferias, docentes artísticos sin talleres, espacios culturales sin público y trabajadores independientes sin red de protección. La crisis sanitaria no creó todos esos problemas, pero los volvió imposibles de ignorar.
El mismo informe advierte que el impacto alcanzó a toda la cadena de valor cultural: creación, producción, distribución y acceso. Es decir, no se afectó únicamente el momento visible del espectáculo o de la exhibición, sino también la trama completa que permite que una expresión cultural llegue a la comunidad.
En ese marco, hablar de trabajadores de la cultura implica ampliar la mirada. La cultura no se limita al artista sobre el escenario. Incluye al gestor que formula proyectos, al técnico que monta una sala, al comunicador que difunde una actividad, al investigador que documenta memoria local, al archivista que preserva fuentes, al museólogo que piensa una exposición, al docente que transmite saberes, al diseñador que construye identidad visual, al editor que trabaja una publicación, al programador que desarrolla plataformas culturales y al productor que articula voluntades.
La gestión cultural merece un capítulo propio. Quienes se forman en patrimonio, políticas culturales, bienes culturales o desarrollo territorial no trabajan desde la improvisación. Articulan instituciones, interpretan convocatorias, diseñan estrategias, buscan fondos, generan alianzas, promueven circulación de bienes simbólicos, fortalecen economías locales y construyen condiciones para que otros creadores puedan desarrollarse. Ese trabajo no siempre se ve, pero cuando falta, la actividad cultural queda librada al voluntarismo.
El BID, en su enfoque actual de medición de resultados, insiste en la necesidad de observar el impacto concreto de los proyectos en la vida de las personas y en el desarrollo de los países de la región. Esa lógica también debería aplicarse con fuerza al campo cultural: medir, documentar y valorar qué produce la cultura en términos sociales, económicos, educativos, turísticos, identitarios y comunitarios. (Inter-American Development Bank)
La cultura genera empleo, circulación económica, atractivo territorial, cohesión social, memoria compartida y oportunidades de innovación. También fortalece la autoestima de las comunidades, especialmente en ciudades y pueblos donde las expresiones culturales permiten narrar una historia propia frente a los discursos uniformes del mercado global.
Por eso resulta insuficiente hablar de cultura únicamente desde la sensibilidad o el entretenimiento. La cultura es también trabajo, economía, conocimiento, planificación y política pública. El informe regional citado remarca la necesidad de contar con datos actualizados y sistematizados para responder con políticas públicas basadas en evidencia. Esa afirmación es clave: sin información, el sector queda atrapado en la intuición; sin presupuesto, queda condenado a la precariedad; sin reconocimiento laboral, queda reducido a vocación.
También es necesario revisar la palabra “vocación”. Tener vocación no significa renunciar al derecho a cobrar. Amar un oficio no habilita a que otros lo desvaloricen. La vocación puede explicar la persistencia, la entrega y el perfeccionamiento; jamás debería utilizarse como argumento para justificar la gratuidad permanente.
En el campo cultural, además, hay años de formación acumulada. Un músico estudia, ensaya, compra instrumentos, invierte en sonido, viaja, graba, investiga repertorios, sostiene una disciplina. Un gestor cultural estudia normativas, convocatorias, metodologías, presupuestos, planificación, comunicación y evaluación. Un trabajador del patrimonio aprende a mirar documentos, objetos, edificios y prácticas sociales con criterios técnicos. Todo eso es capital profesional.
Hoy la cultura se mueve entre escenarios presenciales, plataformas digitales, archivos comunitarios, redes sociales, proyectos educativos, experiencias turísticas, industrias creativas y procesos de memoria local. El trabajador cultural contemporáneo ya no puede ser pensado como una figura romántica aislada, sino como parte de un ecosistema complejo donde conviven creación, tecnología, gestión, economía y territorio.
El desafío es dejar atrás una mirada ornamental de la cultura. Cuando se convoca a un artista, se contrata un trabajo. Cuando se solicita un proyecto cultural, se contrata conocimiento. Cuando se pide una investigación patrimonial, se contrata método. Cuando se organiza una actividad pública, se moviliza una cadena de tareas que exige responsabilidad profesional.
Reconocer esto no significa enfrentar a la cultura con otros oficios ni establecer jerarquías artificiales entre trabajos manuales, técnicos, administrativos, rurales, industriales o creativos. Significa integrar a los trabajadores culturales en la conversación general sobre derechos laborales, desarrollo económico y dignidad profesional.
El Día de los Trabajadores debería ser también una oportunidad para mirar a quienes sostienen la vida simbólica de una comunidad. Porque una sociedad necesita caminos, viviendas, salud, producción y servicios, pero también necesita canciones, relatos, archivos, fiestas, museos, escenarios, libros, memoria, identidad y espacios donde reconocerse.
Valorar la cultura exige algo más que aplausos. Exige presupuestos razonables, honorarios dignos, convocatorias claras, contratos, seguridad social, formación continua, estadísticas, políticas públicas y una ciudadanía dispuesta a comprender que detrás de cada expresión cultural hay trabajo acumulado.
La próxima vez que alguien invite a un artista o a un gestor cultural “por la difusión”, convendría preguntarse si esa misma lógica se aplicaría a cualquier otro oficio. Esa simple comparación alcanza para desnudar una costumbre injusta.
La cultura no vive del aire. Vive del trabajo de personas concretas. Personas que estudian, crean, gestionan, ensayan, investigan, producen, comunican y sostienen una parte fundamental de la vida colectiva. En este Día de los Trabajadores, elevar la voz por ellas no es un gesto sectorial: es una forma de defender una idea más justa, más inteligente y más completa del desarrollo.
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