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09 de April del 2026 a las 09:42 -
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Morir en la capital
Si dejas el campo o el interior y te venís para la Capital, aquí sí podemos subsidiarte con generosidad
Si dejas el campo o el interior y te venís para la Capital, aquí sí podemos subsidiarte con generosidad

(escribe prof. Oscar Padrón Favre) Con su clásico tema de idéntico título el talentoso Pablo Estramín marcó musicalmente a fuego el eterno tema del centralismo en el país.

Los años han pasado pero los datos de la realidad señalan que también para ser pobre, estar en situación de calle o encontrar adecuado tratamiento para la trágica adicción a las drogas no hay como estar en Montevideo. En la gran ciudad para solucionar los problemas siempre surgen, como de un manantial inagotable, los recursos necesarios. Recursos aportados por toda la población del país, lo que se olvida a la hora de asignar su redistribución.

En ese privilegiado espacio del Uruguay hay que apagar los incendios sin importar el costo. No hay límites para darlo todo gratis y el término “subsidios” allí no es mala palabra, muy por lo contrario.

Uno tras otro los gobiernos – sin diferencias de divisas – lanzan en catarata Planes, Agendas y Programas “sociales” (con una rotación de nombres y siglas increíble) a los que se denomina Nacionales pero, en los hechos, la mayoría de ellos no pasan en su aplicación de la capital o el área metropolitana. Si llegan al resto del interior lo hacen con una notable tardanza y desventaja cuantitativa.

Por su parte los diputados o senadores que provienen del interior no se molestan en denunciar con energía esa generalizada realidad, desenmascarando como es la ejecución presupuestal real en todo el país –inciso por inciso, rubro por rubro - de esos Planes y Programas. Por eso desde décadas reinan enormes inequidades territoriales en múltiples áreas de actividad y servicios. Sin duda se han hecho avances pero es mucho lo que falta.

Por supuesto que el llamado interior del país lejos está de ser inocente o exento de culpas. Por omisión o por acción tiene buena cuota de responsabilidad en esa situación, en especial sus dirigencias políticas. Si de centralismo y desigualdades territoriales hablamos el que se ha ejercido siempre desde las capitales departamentales hacia el resto de sus respectivos departamentos ha sido aún mayor y por demás injusto. La ley de Municipios, aunque parcialmente, sin duda ha traído mejoras en ese sentido, aunque falta aún bastante camino. Las localidades que no alcanzan la categoría de municipios aún en mayor desamparo suelen estar.

El centralismo nacional, pese a que muchos se ofenden al mencionarlo, goza de muy buena salud. La metáfora “del otro lado del Santa Lucía” para identificar ese límite invisible pero real de dos países ha sido muchas veces utilizada para marcar las inequidades existentes según el lugar de residencia. Mucho tiempo atrás ese límite simbólico se lo fijaba “después del Paso Molino”, posteriormente se corrió al “arroyo Las Piedras”. Ahora como se incluye el espacio metropolitano, marcarlo en el río Santa Lucía parece metafóricamente apropiado.

José Mujica fue el último líder de relevancia en mencionar de forma reiterada, hasta poco antes de fallecer, esa frontera interior del Santa Lucía que expone grandes injusticias…pero lo hizo en una gran soledad, incluso dentro de su círculo más cercano y su propia fuerza política.

Poca memoria se tiene para algunas cosas muy desagradables de nuestro pasado colectivo en el campo social, en especial si pasaron en el territorio interior. El problema del pauperismo rural encarnado en los llamados “rancheríos” o “pueblos de ratas” fue una llaga viva en casi todo el interior del país desde los años de 1880, prolongándose a lo largo de ocho o nueve décadas. Sin embargo, por más que corrieron ríos de tinta denunciando su vergonzosa presencia en la autocomplaciente “Suiza de América”, nada, o muy poco, se hizo para sacar de esa lamentable situación a decenas y decenas de miles de orientales de tierra adentro. Recién con la creación de MEVIR (modelo de iniciativa privada con aporte estatal) comenzó a darse progresiva solución, aunque incompleta, a esa dramática realidad. En los hechos, el problema había ido disminuyendo considerablemente por el vaciamiento de la campaña con la masiva migración hacia las ciudades o el exterior.

La privación de alcanzar una formación universitaria que ha padecido un altísimo porcentaje de la juventud del interior – sobre todo la de localidades pequeñas y el medio rural - también ha sido, y sigue siendo pese a algunos avances, una tan evidente como injusta discriminación. Sin embargo, nunca fue declarada “emergencia nacional” o “violación a los derechos humanos”, como lo es. Incluso, de forma increíble, en pleno siglo XXI se frena la formación a distancia en la UDELAR, lo que podría mitigar los grandes desequilibrios territoriales…

De igual forma no han tenido la misma suerte de ser atendidos con esa prodigalidad capitalina los pequeños productores rurales (chacareros, tamberos, criadores de ganado minifundistas) que han desaparecido por millares y millares en el último medio siglo. Los dejaron que se fundieran trabajando...

Ese verdadero drama productivo y social tampoco pudo alcanzar alguna vez la categoría de “emergencia nacional” ni ha sido motivo de “acuerdos multipartidarios” o de “políticas de Estado”. Parece evidente que sólo pueden obtener esa alta jerarquización los problemas urbanos, en especial los de la capital.

Para esos pequeños productores y familias rurales nunca ha llegado el manantial de subsidios y otros beneficios que se derrama en Montevideo (actualmente en la omnipresente Zona Metropolitana, el gran botín electoral). En cambio han tenido que escuchar a Presidentes y Ministros de Economía que le dicen: “subsidios para trabajar y mantenerse en el campo no son posibles”. La ortodoxia en seguir las sagradas leyes del mercado y la libre competencia (aunque muchas veces sean adulteradas) no lo permiten. Un primer mandatario no hace muchos años sentenció como verdad irrefutable: “Es la evolución natural de cualquier país. Hay empresas que terminan su vida útil y cierran y otras que vienen”.

En este aspecto como frente a otros problemas de más reciente emersión que hemos identificado al principio, el mensaje subyacente parece clarísimo: “si dejas el campo o el interior y te venís para la Capital, aquí sí podemos subsidiarte con generosidad…”.

 


 



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