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(escribe prof. Alejandro Carreño T.) Con Nicolás Maduro fuera de circulación y Delcy Rodríguez gobernando bajo la batuta de Donald Trump, los acontecimientos del 3 de enero pasado, cuando las fuerzas militares estadounidenses sacaron a Maduro de Fuerte Tiuna para trasladarlo a una prisión en Nueva York, el país caribeño entró en un estado de silencioso y conveniente retiro madurista
Venezuela vive una paz que perfectamente podemos llamar de aparente y conveniente al mismo tiempo. Las fuerzas chavistas mantienen aún a varios de sus líderes en espacio sensibles del nuevo gobierno. Diosdado Cabello, por ejemplo, en Interior, Vladimir Padrino en Defensa y Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta, en el Poder Legislativo. Todos juraron lealtad al régimen y su presencia en puestos claves contienen cualquier intento de rebelión política o militar, en un panorama dominado por los Estados Unidos, que resulta, por lo mismo, curioso, por decir lo menos.
Pero así están las cosas en Venezuela. Y la única respuesta que cabe como explicación razonable desde la posición de Estados Unidos, dueño absoluto de la situación, es su interés por el petróleo más que por la recuperación democrática del país. Hace algo más de una semana, el jueves 5 de este mes, Donald Trump dijo que Venezuela estaba “estabilizada”. Y agregó: “Tenemos una persona maravillosa como su presidenta electa, Delcy Rodríguez, y ella y su personal han estado haciendo un trabajo fantástico con nosotros”. Pero, Delcy, es heredera del chavismo.
¿Usted entiende algo de todo este juego diplomático? Además, muy pronto la principal líder opositora, María Corina Machado, volverá al país, sumando una nueva pieza en este ajedrez en el que los Estados Unidos juegan con las negras y con las blancas. Por lo mismo, no debe sorprender que, después de siete años de rotas las relaciones diplomáticas (23 de enero de 2019), estas se hayan reanudado. Así lo dijo Washington en un comunicado: “facilitará nuestros esfuerzos conjuntos para promover la estabilidad, apoyar la recuperación económica y avanzar en la reconciliación política”.
Como dije, Estados Unidos mueve las piezas a su regalado gusto. De este modo, la embajada estadounidense en Caracas abrió sus puertas en febrero con la llegada de la jefa de Asuntos para Venezuela, Laura Dogu. Y la presidenta Rodríguez nombró a uno de sus colaboradores más próximos, Félix Plasencia, como su representante en Estados Unidos. Plasencia es un diplomático de carrera, excanciller y exviceministro. Un diplomático, máster en Estudios Europeos por la Universidad de Lovaina, en Bélgica, y posgrado en Estudios Diplomáticos por el New College de la Universidad de Oxford.
Es decir, el plan Trump marcha a las mil maravillas. Una presidenta cercana al chavismo y vicepresidenta de Nicolás Maduro que conoce, por lo mismo, el “teje y maneje” de la revolución bolivariana y sus líderes. Capaz, por lo mismo, de contener cualquier movimiento subversivo que ponga en riesgo al país y su propia seguridad. Ciertamente, no tiene ningún deseo de acompañar a Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en la cárcel de Nueva York. Por eso, el país tiene la estabilidad que Donald Trump quiere que tenga. Tiene clarita la película.
Tan clarita tiene la película, que en declaraciones al medio Axios dijo que buscaba “a una Delcy” que sustituya a Ali Jamenei, el líder iraní muerto en un bombardeo el primer día de la guerra. ¿Buscará también a una Delcy para Cuba? Después de todo, el Partido Comunista de ese país, luego de negarlo reiteradamente, admitió que su gobierno está en conversaciones con los Estados Unidos para resolver los problemas que “afectan a ambas naciones” (pero esto será objeto de otra columna). De momento, con Venezuela ya tenemos bastante.
Entonces me pregunto: ¿Ya no urge llamar a elecciones democráticas en Venezuela?
Parece que los venezolanos seguirán esperando hasta cuando Donald Trump lo decida.
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