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(escribe Sergio Pérez) La historia no se escribe únicamente con grandes acontecimientos ni con fechas memorables. Se construye, sobre todo, a partir de huellas, restos, fragmentos y mediaciones que llegan hasta nosotros cargados de sentido. En ese territorio complejo y fértil se inscriben la prensa escrita y los objetos culturales, dos universos que dialogan de forma constante con la memoria colectiva.
Las terceras jornadas de Aproximación a la Investigación en Historia Local celebradas durante los días viernes y sábado en la Casa de la Cultura “José María Martino Rodas “ y en el Centro Histórico y Geográfico de Soriano en la capital de la Coqueta del Hum, ofrecieron un espacio privilegiado para reflexionar sobre estas cuestiones. A lo largo de las exposiciones de Matías Borba y Andrés Azpiroz se desplegó una mirada profunda sobre la prensa como fuente histórica y sobre la cultura material como vía de acceso a las formas de vida, los valores y las tensiones de una época.
La prensa aparece, en primer lugar, como un artefacto histórico atravesado por múltiples capas de significado. No se trata únicamente de un soporte informativo, sino de un dispositivo cultural que organiza percepciones, jerarquiza acontecimientos y construye sentidos de actualidad. Cada periódico es testimonio y, al mismo tiempo, intervención.
Pensar la prensa exige comprender su historicidad. Las palabras cambian, los conceptos se transforman y los términos que hoy parecen evidentes tuvieron significados muy distintos en otros contextos. De allí la importancia de la historia conceptual, que advierte sobre los riesgos de trasladar categorías del presente al pasado sin mediaciones críticas.
La prensa, además, nunca opera en el vacío. Se inscribe en un entramado tecnológico, económico y político que condiciona su forma y su contenido. El acceso al papel, los costos de impresión, los sistemas de distribución y los marcos normativos influyen de manera directa en aquello que se publica y en cómo circula.
Cada formato dice algo. El tamaño del diario, la disposición de las secciones, el uso de imágenes, la tipografía y la presencia de publicidad conforman un lenguaje que excede al texto escrito. Leer un periódico implica también leer su materialidad.
En este sentido, la prensa comparte rasgos fundamentales con otros objetos culturales. Como señaló Borba, los medios de comunicación no pueden analizarse de manera aislada. Prensa escrita, radio, televisión e internet conforman un ecosistema donde las prácticas de consumo se superponen y se resignifican constantemente.
La actualidad, uno de los pilares de la prensa, no remite únicamente al presente inmediato. Cada publicación construye su propio tiempo, selecciona qué merece atención y qué queda fuera del campo de visibilidad. Esa operación revela intereses, sensibilidades y disputas simbólicas.
La publicidad, por su parte, funciona como una clave de lectura indispensable. Los anuncios permiten reconstruir mercados, circuitos económicos y vínculos territoriales. Un periódico local habla tanto de su comunidad como de las redes que la conectan con otras regiones.
La prensa dialoga con el poder, a veces de forma explícita y otras mediante estrategias más sutiles. La censura, lejos de anular la circulación de ideas, suele generar lenguajes indirectos, metáforas y desplazamientos que enriquecen el análisis histórico.
En paralelo, la intervención de Andrés Azpiroz abrió una reflexión central sobre la cultura material. Los objetos que nos rodean condensan experiencias, afectos y memorias que desbordan su función práctica. El valor cultural no se define únicamente por criterios económicos, sino por vínculos emocionales y simbólicos.
Cuando se invita a pensar en un objeto valioso, las respuestas rara vez remiten al mercado. Fotografías familiares, medallas, artesanías, piezas heredadas o recuerdos personales revelan cómo el valor se construye desde la experiencia y la pertenencia.
La cultura material permite acceder a dimensiones de la historia que muchas veces quedaron al margen del relato tradicional. Objetos cotidianos, herramientas, piezas artesanales y producciones anónimas ofrecen información clave sobre prácticas sociales, oficios y formas de organización.
La colección de Roberto J. Bouton, analizada por Azpiroz, constituye un ejemplo elocuente. Allí conviven objetos rurales, utensilios médicos, piezas artesanales y elementos de la vida cotidiana que permiten reconstruir un mundo social complejo, más allá de las narrativas canónicas.
El estudio de los objetos obliga a preguntarse por su biografía. ¿Quién los produjo?, ¿cómo circularon?, ¿por qué fueron conservados?, ¿en qué momento adquirieron valor patrimonial? Cada una de estas preguntas amplía el horizonte interpretativo.
El concepto de patrimonio emerge ligado a una voluntad de memoria. No todo bien cultural se convierte en patrimonio. Es la comunidad la que decide qué preservar, qué recordar y qué dejar en el olvido, en un proceso atravesado por disputas y consensos.
La distinción entre memoria e historia resulta clave. La memoria se construye desde la experiencia, la emoción y la selectividad. La historia, como disciplina, opera con métodos, fuentes y debates que buscan comprender esos procesos sin quedar atrapados en ellos.
Los objetos, como los textos, no hablan por sí mismos. Es la mirada del investigador la que activa su potencial interpretativo. La crítica de fuentes, aplicada tanto a documentos escritos como a piezas materiales, se vuelve una herramienta indispensable.
El llamado “giro material” en las ciencias sociales consolidó este enfoque interdisciplinario. Historia, antropología, arqueología y estudios culturales confluyen para analizar la vida social de las cosas, sus usos, circulaciones y resignificaciones.
En este marco, los objetos funcionales y los objetos simbólicos se entrelazan. Un mismo elemento puede transitar de la utilidad cotidiana a la carga patrimonial, dependiendo del contexto y de los sentidos que se le atribuyan.
La modernidad transformó profundamente estos sistemas. La estandarización, la producción en serie y los cambios en las formas de habitar redefinieron la relación con los objetos y con el espacio doméstico.
A su vez, la nostalgia, la autenticidad y la búsqueda de raíces explican el surgimiento de mercados de antigüedades y prácticas coleccionistas. El pasado se convierte en un recurso simbólico que otorga legitimidad y prestigio.
La prensa, nuevamente, actúa como mediadora de estos procesos. Difunde valores, instala modas, legitima gustos y construye relatos sobre lo que merece ser conservado.
En la actualidad digital, estas dinámicas adquieren nuevas formas. El acceso masivo a la información no garantiza profundidad, pero sí modifica las prácticas de lectura y consumo cultural.
Las redes sociales, los formatos audiovisuales y la circulación acelerada de contenidos plantean desafíos inéditos para la prensa y para la preservación de la memoria.
Sin embargo, lejos de anunciar extinciones, la historia muestra procesos de adaptación. Nuevas tecnologías conviven con las anteriores, resignificando usos y sentidos.
La prensa escrita, como la radio o el libro impreso, encuentra nuevas formas de existir en diálogo con otros soportes.
El desafío para investigadores, gestores culturales y comunicadores radica en sostener miradas críticas, contextualizadas y sensibles a la complejidad del pasado y del presente.
La historia local, en este sentido, se presenta como un campo privilegiado. Permite conectar escalas, recuperar voces y resignificar archivos que dialogan directamente con la comunidad.
Trabajar con prensa y cultura material implica asumir la responsabilidad de interpretar, contextualizar y devolver sentido a aquello que nos precede.
Cada periódico conservado, cada objeto rescatado, cada archivo revisitado amplía el mapa de nuestra memoria colectiva.
En tiempos de consumo acelerado y obsolescencia programada, detenerse a leer, observar y analizar se vuelve un acto cultural de primer orden.
La prensa y los objetos nos recuerdan que el pasado no es un territorio clausurado, sino una trama viva que sigue interpelando nuestras formas de pensar y habitar el presente.
Comprender esas mediaciones resulta fundamental para construir una relación más consciente con nuestra historia y con los relatos que la sostienen.
Desde la investigación histórica hasta la gestión cultural, el desafío consiste en tender puentes entre el conocimiento académico y la experiencia cotidiana.
Allí, en ese cruce, la prensa, los objetos y la memoria encuentran su potencia transformadora.
La cultura se construye en ese diálogo permanente entre lo que fue, lo que es y lo que imaginamos que puede llegar a ser.
Créditos de imagen: Centro Histórico y Geográfico de Soriano
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