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A 68 años del secuestro de Juan Manuel Fangio
Esta historia del secuestro, debería conocerse más, porque habla de un tiempo en que los pilotos se jugaban la vida sin protecciones pero también de un hombre que lejos de su coche, supo mantener la dignidad y el corazón intactos.
Esta historia del secuestro, debería conocerse más, porque habla de un tiempo en que los pilotos se jugaban la vida sin protecciones pero también de un hombre que lejos de su coche, supo mantener la dignidad y el corazón intactos.

(escribe José Luis Bastos) Recopilación de datos sobre este hecho y su contexto histórico en un acontecimiento de interés mundial, con muchos detalles que hoy son prácticamente olvidados o desconocidos del múltiple Campeón Mundial de automovilismo que algunas veces visitó Uruguay, nuestra ciudad de Mercedes y en 1948 compitió en la Rambla mercedaria.

 

Antecedentes y momentos previos

En 1957 a Roberto Fernández Miranda, Director de Deportes en Cuba, y cuñado de Fulgencio Batista (quien había sido presidente electo 1940-1944 y había vuelto al poder mediante un golpe de estado en 1952), se le había ocurrido que era buena idea organizar un “Gran Premio de la Fórmula 1 en Cuba”.  El evento deportivo serviría como una herramienta de propaganda para proyectar una imagen de estabilidad en medio del ambiente revolucionario que sacudía la isla desde hacía algunos años, además de captar la atención de turistas adinerados de los vecinos Estados Unidos. La idea era la de convertir El Malecón de la Habana, una hermosa explanada que se extiende a lo largo de 8 kilómetros junto a la costa, en un circuito urbano de más de 5 Km.  El 1er. GP de La Habana se llevó a cabo el 25 de febrero de 1957 y Juan Manuel Fangio se quedó con el triunfo, al volante de una Maserati 300 S.

Fue un gran éxito y aseguró la participación de las mejores escuderías en la siguiente edición donde se inscribieron 32 pilotos de 12 países a pesar de no formar parte del calendario oficial de la Fórmula 1 pues atraía la presencia del campeón argentino que ya era una estrella mundial habiendo conquistado su quinto título en la máxima categoría en 1951, 54, 55, 56 y 57, formando parte de cuatro equipos diferentes: Alfa Romeo, Ferrari, Mercedes-Benz y Maserati.

El domingo  22 de febrero de 1958, el “Chueco”, a bordo de la Maserati 450 S azul con una banda central blanca y el Nº 2, propiedad de Temple Hoyne Buell, un arquitecto y empresario norteamericano, realizó las prácticas y clasificaciones previas a la carrera.   A pesar de haber marcado el mejor tiempo, la Maserati del millonario andaba bastante mal.  Fangio relataría luego: “En las pruebas me di cuenta de que el auto era ingobernable, yo había manejado modelos similares y nunca había tenido problemas. Pero allí, cada vez que tomaba la avenida costanera, me veía al borde del desastre.   Después los mecánicos descubrieron que había cinco centímetros de diferencia en la trocha entre las ruedas de un lado y del otro.”  

Pero en esta segunda visita a la capital cubana, también estaba descontento por el estado del circuito, que presentaba un pavimento ligeramente levantado en algunas zonas. Por cuestiones de seguridad, habló con las autoridades y les recomendó que limitasen la cantidad de espectadores en los sectores que se encontraban en mal estado para evitar accidentes.

En esas jornadas los ojos del mundo también estaban puestos en Cuba porque el día anterior a este acontecimiento, otro sector del M-26-7  había copado el Banco Nacional de Cuba y en lugar de robar plata, incendiaron un montón de cheques.

 

El secuestro de JMF

El argentino ignoraba que desde antes que llegase a la isla en la mañana del viernes 21 de febrero, los guerrilleros conocían su agenda, y siempre fue seguido. Ese día hubo un debate entre ellos acerca del momento oportuno para capturarlo. Se barajó esperarlo a la salida de una entrevista en un programa de televisión y tres coches Cadillac estacionaron frente a la puerta del canal, pero la cantidad de gente que lo esperaba y la seguridad que lo rodeaba los hizo desistir y tampoco pudieron proceder en el Hotel Nacional, donde se le ofreció un coctel de bienvenida, porque la vigilancia allí era extrema.   El sábado 22 fue un día perdido porque Fangio apenas salió del hotel.  El domingo se levantó tarde, hizo un desayuno ligero y fue a participar en las clasificaciones para determinar el lugar de largada en la competencia. El Malecón, para no variar, estaba muy vigilado y el campeón se hallaba rodeado de manera permanente.     No se podía dejar pasar esa noche y pasadas las 19 horas ya estaban instalados varios jóvenes militantes del M-26-7 en el vestíbulo del hotel, evaluando ir directamente a su  habitación, aunque sabían que en el mismo piso había otra con agentes del Servicio de Inteligencia Militar o el movimiento más arriesgado: llevárselo desde las propias instalaciones del Hotel Lincoln, a la vista de todos.   

Al atardecer del domingo el campeón mundial regresó a su hotel, el Lincoln, ubicado en la esquina de las calles Galiano y Virtudes a su habitación, la 810 (que actualmente tiene el nombre del campeón y se constituye en un museo de atracción para los turistas).  Luego de una ducha, bajó al lobby para charlar con sus mecánicos y sus amigos.

Recordaría luego: “Les estaba hablando del problema de mi coche cuando veo acercarse un muchacho preguntando por mí. Me reconoció de inmediato y me dijo que era del Movimiento 26 de Julio y me explicó que lo iba a tener que acompañar.   No tengo que ir con usted a ninguna parte. ¿Qué quiere?   Pero el arma calibre 45 era más convincente que las palabras: No complique el asunto... Vamos caminando, que nada le pasará.   Además, me advirtió: ‘Si alguno se mueve, las consecuencias serán para usted’.  Yo tenía un custodio personal, pensé que éste iba a dispararle y entonces yo me arrojaría al piso, como en las películas. Pero no pasó nada de eso...”,  

Dos pilotos, el argentino Alejandro De Tomasso y el británico Stirling Moss, amagaron moverse y el muchacho de la campera de cuero captó el gesto y apuntó en dirección a ellos: Cuidado... Haré fuego si se vuelven a mover....

El secuestrador Manuel Uziel y el secuestrado salieron por la puerta que da a la calle Virtudes y caminaron unos treinta metros hasta la esquina donde estaban estacionados unos autos en los que todos irían armados y en cada auto una ametralladora.   Estaban también Arnold Rodríguez Camps y Faustino Pérez, los cabecillas de la “delegación de La Habana" del M-26-7 liderado por Fidel Castro y el argentino Ernesto “Che” Guevara desde la Sierra Maestra.  A cara descubierta y sin violencia le explicaron a Fangio los motivos de su secuestro, pues no se pediría rescate alguno, solo se quería llamar la atención del mundo sobre la dictadura de Fulgencio Batista, y la ausencia en la carrera del mejor piloto saldría en todos los diarios.  Eran cerca de las nueve de la noche del domingo 23 de febrero de 1958 cuando el auto negro se perdió en la noche de La Habana.  Un par de horas después, los diarios y las agencias de noticias recibieron varias llamadas telefónicas anónimas que, palabras más o menos, decían lo mismo: “Habla el Movimiento 26 de Julio. Secuestramos a Juan Manuel Fangio a las 8 y 55 de la noche”.

Ya dentro del auto, a Fangio le advirtieron sobre la posibilidad de un intercambio de disparos con la policía y si pasaba eso sería conveniente ubicarse sobre el piso del auto.  El argentino pidió entonces una gorra para “tapar la pelada” y que resultara más difícil la identificación, pero no había gorra, tampoco lentes o gafas para disimular.  El conductor y propietario del auto era Ángel Fernández Vila (Horacio) y a su lado iba Arnold Rodríguez Camps (Fernando), en el asiento de atrás se ubicaron Oscar Lucero (Héctor), Manuel Uziel (Ramírez) con Fangio al medio.

El propio campeón mundial recordaría con los años aquellos momentos: “Me subieron a un Plymouth negro, que yo calculé que sería modelo 47.  Allí vi al chofer y a un muchacho con una ametralladora que fue muy claro conmigo: ‘Señor Fangio, nos resulta penoso causarle este disgusto, pero quédese tranquilo que no le haremos ningún daño’. Yo pensé que me llevaban a Sierra Maestra, a la montaña.  Sabía que existía todo eso porque algo había leído.”  

Al secuestrado campeón no lo llevaron a Sierra Maestra, sino a una casa que tenía el único acceso por una escalera de incendios y lo hicieron pasar a un cuarto en el que había una mujer y un chico. Por alguna razón, Fangio pensó que en una habitación vecina había un hombre herido, o enfermo. La mujer le pidió un autógrafo para el chico y Fangio lo firmó, con dedicatoria y, debajo, la fecha.   Luego lo trasladaron a otra casa y finalmente a “la casa de las norteñas”, llamada así por su ubicación en la calle Norte 42 en Nuevo Vedado, entonces un barrio de clase media.   Allí lo atendieron las propietarias Silvina Morán, y sus hijas militantes Aymée (de 21 años de edad) y Agnés (de 17) que se encargaron de convencer a la madre sobre la necesidad de llevarlo ahí y Juan Ramón García (Ramonín).   Nunca le vendaron los ojos, así que el secuestrado vio siempre las caras de sus secuestradores y la ruta que seguían en sus traslados.

Fangio era un hombre sencillo, afectuoso, expresivo, astuto, que recordaba el episodio de su secuestro con ese humor que dan la experiencia, la sabiduría y los ojos que han visto mucho.  A todo eso recurrió aquella noche, frente a sus secuestradores, y en aquel clima tenso e imprevisible expresó: “Felicítenlo al que me secuestró: lo hizo muy bien”. Entonces los guerrilleros se abrazaron unos con otros, la tensión dejó de existir y Fangio aprovechó para confiarles que tenía hambre: el menú fue papas fritas y huevo, servidos en grandes platos en una mesa puesta en uno de los patios de la casa.

El quíntuple campeón mundial durmió vigilado, tal vez hasta mimado por sus secuestradores. A la mañana siguiente, durante el desayuno supo que la noticia de su secuestro estaba en los diarios de toda la isla, que no eran muchos y pensó con acierto, en los de casi todo el mundo. Uno de los guerrilleros, Faustino Pérez, que estuvo a cargo de todo el operativo secuestro, le dijo que iba a comunicarse con su familia para decirles que estaba bien, y le confesó que le habían seguido los pasos el año anterior cuando ya habían planeado secuestrarlo. Le dio detalles: habían seguido sus movimientos entre otros, en los entrenamientos y asistencia a una pelea de boxeo y cuando iban a poner en marcha el plan, un cambio en la agenda (Fangio se fue al cine) postergó la idea hasta el año siguiente.

Después, un grupo de jóvenes, chicas y muchachos, todos seguidores de Castro y de su guerrilla, lo rodearon para confraternizar y explicarle por qué luchaban: “A uno, el gobierno de Batista le había matado a un hermano; a otro un pariente, o una novia”, recordaría Fangio.

Los jóvenes del Movimiento sabían que toda la policía de la ciudad estaba detrás de ellos y por eso idearon varios traslados de casas para evitar ser capturados. Ya en el destino final, varios jóvenes, entre ellos Marcelo Salado y Faustino Pérez, le ofrecieron disculpas al argentino. Ellos no tenían ningún problema con él, incluso lo admiraban por su habilidad con el volante, solo que resultaba inadmisible que el régimen presentara a un país en calma cuando se cometían tantos abusos.

 

El interés y la información internacional

El diario colombiano El Espectador cuenta en su crónica del hecho que se comunicaron con el hotel para preguntarle por el paradero del piloto argentino. “El señor Fangio salió a dar un paseo”, le respondieron.

La noticia del secuestro de Fangio se esparció con rapidez. Los principales diarios del mundo publicaron en sus portadas los reportes desde La Habana. Desde el Palacio Presidencial, Batista y otros jefes militares movieron cielo y tierra para intentar el regreso a tiempo de Fangio. Era vital que este estuviera en el arranque de la carrera. Batista encabezó la investigación y miles de personas comenzaron a buscar la más pequeña prueba. Los testigos del hotel Lincoln fueron sometidos a largas sesiones con archivos fotográficos para intentar identificar a los secuestradores, también se incrementaron los controles policiales en las salidas de La Habana y en el aeropuerto.

Los guerrilleros insistieron que el secuestro solo tenía fines propagandísticos, que tampoco nada tenía que ver con el gobierno argentino, ya que precisamente el 23 de febrero se llevaron adelante las elecciones presidenciales.

En Argentina supieron poco de todo aquello que sucedía en Cuba, el país estaba en otra cosa y este Gran Premio no merecía atención alguna. Ese día, diez millones de ciudadanos iban a votar para elegir un nuevo gobierno en reemplazo de uno que no habían elegido, después de derrocar a Juan Domingo Perón en 1955. Con el peronismo proscripto, el triunfo, que se conoció el lunes, fue para Arturo Frondizi.   Los diarios del lunes reflejaron los resultados electorales, y recién los del martes 25 mencionaron que Fangio había sido liberado por los rebeldes cubanos.

 

El “II  Gran Premio de Cuba”, la carrera

En el gobierno cubano la disyuntiva era si hacer o no la competencia. La ausencia de una figura como Fangio justificaba su suspensión. Pero a la vez, suspenderla indicaba un paso atrás y reconocer un triunfo de los revolucionarios. Se exigió que retrasaran dos horas el inicio de la competencia, confiando en que quizás la policía que se movilizaba por toda la isla podría dar con el piloto, pero al no dar con el paradero de Fangio, se optó por realizarla. La idea del dictador Batista también había sido que mediante ese espectáculo automovilístico el lunes 24 de febrero se conmemorara el Grito de Baire y recordar la independencia de Cuba en 1895.  Fangio, que iba a correr con una Maserati 450 Sport, fue reemplazado por el francés Maurice Trintignant. 

Ese lunes, Faustino Pérez, uno de los líderes del operativo, le acercó los diarios del día y le propuso al Chueco ver la carrera por televisión pero no quiso pues se sentiría más nervioso por no estar participando y prefirió escuchar música en la habitación. Los otros pilotos extranjeros habían dormido con custodia policial esa noche y a la grilla de partida en el Malecón llegaron escoltados. Más de cien mil personas asistieron al circuito callejero y aclamaron el nombre de Fangio con la ilusión de verlo en su monoplaza número 2.  No había hasta entonces, indicios de supervivencia del piloto.  El cónsul de Argentina, Adolfo Gourdi, protestó y exigió la liberación mientras que Marcelo Giambertone, administrador deportivo de Fangio, dijo que estaba seguro de que su amigo sería liberado sano y salvo después del show.

El Segundo Gran Premio de automovilismo se largó pero sin la presencia del admirado campeón.   De pronto, ocurrió un trágico accidente, el auto Nº54 del asturiano-cubano  Armando García Cifuentes al mando de una Ferrari, cuando marchaba en tercera posición, tras Moss y Masten Gregory, perdió el control del vehículo que dio un giro y se fue sobre los espectadores, provocando la muerte de 6 personas y más de 40 heridos de consideración.   Armando García fue trasladado al hospital sobre el capot del auto Nº 56 de Abelardo Carreras.  Después de solo seis vueltas, la competencia se detuvo con bandera roja, pero solo porque los pilotos norteamericanos Phil Hill y Bob Said se habían bajado de sus coches y habían exigido a las autoridades que se detuviera.  Las autoridades dieron por ganado el Gran Premio, del que contabilizaron sólo seis vueltas, al británico Stirling Moss.   El Gran Premio de Cuba de 1958 había terminado.

Uno de los aspectos publicitarios del plan de secuestro consistía en que Fangio, durante su permanencia con los revolucionarios, ofreciese una conferencia de prensa. Para concretar esta propuesta había sido encargado quien después sería el novelista cubano de más sólida obra: Lisandro Otero, entonces joven intelectual y militante revolucionario quien se contactaría con reporteros de diferentes medios internacionales, pero esta parte del plan no se haría realidad. Lisandro Otero recibió la orden de que fuese cancelada debido al triste acontecimiento de última hora en el circuito de la carrera.

Cuando le comentaron a Fangio que la carrera se había cancelado por un grave accidente con varios muertos, les dijo “Averigüen si fue en la curva de la explanada de la Embajada de Estados Unidos, si fue allí, a lo mejor ustedes me hicieron un favor al impedirme correr esa carrera y no puedo menos que agradecerles.  Entonces quizás les deba la vida”.   Fue donde él había advertido el mal estado del pavimento.


 

Operativo liberación

El  M-26-7  había logrado su objetivo principal: estaban en las primeras planas y en las bocas de buena parte del mundo. Pero temían que Batista los hallara, asesinara a Fangio y culpara luego a los guerrilleros de su muerte.  Fangio entendió también los peligros que le esperaban en las siguientes horas que pondrían fin a su cautiverio. Las opciones que manejaban los guerrilleros eran la de liberarlo en algún parque, un camino desierto, o en el interior de alguna iglesia. Fangio les dio la solución: “Les sugerí que era mejor dejarme en la Embajada Argentina”.

En un auto, Faustino Pérez, Emma Montenegro y Arnold Rodríguez, todos armados, llevaron a Fangio en la noche del lunes hasta entregarlo al Embajador Argentino que, desde 1955 era el contralmirante Raúl Aureliano Lynch Frías quien era primo de Ernesto Guevara Lynch, padre del “Che” Guevara. La odisea de Fangio estaba terminando.

Alrededor de las 11 de la noche los secuestradores se dirigieron hacia la residencia de Mario Zaballe, agregado militar de la embajada en la isla cubana, pues ese sitio se había acordado entre el Movimiento 26 de Julio y el embajador Lynch para la entrega.

Cuando llegó Fangio con sus secuestradores, los diplomáticos argentinos quedaron con el semblante contraído y les dijo “Estos son mis amables secuestradores, mis amigos secuestradores”.

El propio Fangio que era una persona de una educación bastante conservadora y había sido privado de su libertad, en entrevistas posteriores llegó a confirmar que ese hecho en La Habana lo hizo mucho más famoso, y reconoció públicamente ante la prensa de la época: "Me trataron muy bien. Nunca me vendaron los ojos. Cien veces me pidieron disculpas. Me parecieron macanudos, lo único que lamento es no haber corrido el II Gran Premio de Cuba. Lo siento también por mis mecánicos que trabajaron toda la noche para tener en condiciones mi automóvil, por lo demás, he estado cómodo con el magnífico trato.  Les dije a los rebeldes que si me habían secuestrado por una buena causa, yo estaba de acuerdo”.


 

Resultados de la operación Fangio

El Gran Premio de Cuba de 1958 fue un verdadero desastre para Batista. La revolución de Fidel Castro llegó a las portadas de los periódicos de todo el mundo, y los cubanos llegaron a creer que Batista estaba perdiendo el control porque su régimen no pudo atrapar a los que habían secuestrado a Juan Manuel Fangio del hotel más lujoso del centro de La Habana y además, el fatal accidente no ayudó para nada.

El grupo del operativo corrió diversa suerte: Faustino Pérez Hernández (Ariel), máximo responsable y estratega del operativo, una vez triunfante la revolución cubana se recibió de médico, fue ministro de industria y ocupó varios cargos en el gobierno revolucionario.  

El Capitán de Milicias y jefe en esa ocasión Oscar Antonio Lucero Moya (Héctor) y su esposa Blanca Niubó (Sarita) fueron torturados y asesinados en mayo de 1958 por la policía de Batista.  

Manuel Uziel, el joven moreno de padres judíos-turcos, quién llevó a Fangio desde el hotel, después del hecho se mantuvo oculto porque habían apresado a sus padres y hermanos.  Cuando los liberaron se asiló en la embajada de Paraguay y luego se fue a Venezuela. Al triunfar la revolución regresó a Cuba y le dieron un cargo en el gobierno por un año pero luego dejó para siempre su país.

Arnold Rodríguez Camps (Fernando) luego del triunfo revolucionario se hizo muy amigo de Fangio, en 1992  visitó la tierra natal, Balcarce, para la celebración del sexto aniversario de la creación del Museo Fangio y mantuvo contacto hasta la muerte del campeón.   Ocupó cargos en la cancillería y el ministerio de Comercio Exterior.  Años después, escribió un libro que llamó “Operación Fangio” en el que da a conocer con absoluta precisión, la organización,  secuestro y devolución del campeón argentino, así como de la gran repercusión internacional que tuvo la acción revolucionaria y la amplia difusión de los nombres de La Habana y Fidel.   Asesoró en una coproducción cinematográfica cubano-argentina-española que se realizó en 1999 con el argentino Darío Grandinetti interpretando a  Fangio que se estrenó el 16 de marzo del año 2000 con el mismo título del libro.   Murió en 2011 a los 80 años.

Marcelo Salado, el jefe de la custodia de la casa donde permaneció el campeón fue muerto en combate durante la huelga general en abril de 1958 a los 30 años.

Ángel Fernández Vila (alias Horacio) el hombre que condujo el auto con Fangio cuando fue secuestrado, se constituyó en una figura clave en uno de los episodios más audaces de la Revolución teniendo 25 años.  Era enfermero pero cumplió funciones de médico en Sierra Maestra y luego en las guerras de Vietnam y Angola, se graduó en 1965.   Dijo en una entrevista: “Cuando salimos con Fangio, enseguida notamos una búsqueda muy intensa. La policía y los “Tigres de Masferrer” (grupo paramilitar dirigido por Rolando Masferrer Rojas) daban vueltas desesperados, con sus automóviles con chapas de la Florida, asomados por las ventanillas, llevando armas largas, ametralladoras, fusiles. Me impresioné un poco. Quería llevarlo lo antes posible. Entonces, para mi sorpresa, Fangio me toca por el hombro y me dijo: “Pues vaya despacio y verá que todo sale bien”. Los cinco que íbamos en el auto, pese a la tensión del momento, nos reímos”.   Fangio volvió a La Habana en 1981 y dijo con una sonrisa: “A mí me manejó un jovencito delgado, con corte alemán, de bigote, por cierto, muy mal chofer”.   Un dato curioso: no tenía Licencia de Conducir, sino una falsa con otro nombre hecha por el M-26-7, y en realidad no se había sometido a los exámenes establecidos. “Horacio” también, con una sonrisa, comentó: “Creo que tenía razón. Yo era un mal chofer”.

Manuel Núñez (Manolo) fue el encargado de contener a la gente que estaba con Fangio en el Hotel.  Estando armado gritó en esa oportunidad: Que nadie se mueva!!!  Que nadie salga en 5 minutos!!!  Tenemos hombres armados afuera!!!  Fue uno de los últimos sobrevivientes con más de 89 años.

Eran ellos luchadores clandestinos en La Habana y el propósito era impedir la participación de Fangio en el evento y llamar así la atención sobre la situación que padecía Cuba ante la existencia de una dictadura militar reaccionaria, la dictadura de Fulgencio Batista,

Esa operación revistió características interesantes en la lucha clandestina, porque se trataba del  secuestro de una de las figuras deportivas más relevantes de la época  a nivel mundial, la cual se hizo sin disparar un solo tiro, en medio de numerosas personas y de custodios que se hallaban en el vestíbulo del lujoso Hotel Lincoln.

Fulgencio Batista huyó de Cuba en la noche del 31 de diciembre de 1958 y al día siguiente, los guerrilleros de Fidel Castro entraron triunfantes en La Habana. Posteriormente Faustino Pérez, el hombre que comandó el secuestro de Fangio, lo invitó a las ceremonias oficiales de asunción de las nuevas autoridades revolucionarias cubanas, pero Fangio no pudo ir a Cuba.

El campeón argentino visitó La Habana recién en setiembre de 1981, como presidente honorario de Mercedes Benz para concretar la venta de unos camiones para el gobierno. Entonces sí lo recibió Faustino Pérez, que era Ministro de Industrias. Castro suspendió sus audiencias para ir a abrazarlo y pedirle disculpas. Lo declararon huésped de honor y fue invitado especial en un almuerzo servido en la misma casa donde en 1958 había comido papas fritas y huevos.

Cinco meses después de su extraña odisea, el 6 de julio de 1958 compitió en el GP de Francia y se retiró del automovilismo pasando a ser leyenda.  Había nacido en Balcarce el 24 de junio de 1911 y murió el 17 de julio de 1995 a los 84 años.

Desde 1988 en la entrada del Hotel Lincoln se puede ver una placa que expresa: “En la noche del 23-2-1958 en este mismo lugar fue secuestrado por un comando del Movimiento 26 de Julio dirigido por Oscar Lucero, el cinco veces campeón mundial de automovilismo Juan Manuel Fangio. Ello significó un efectivo golpe propagandístico contra la tiranía batistiana y un importante estímulo para las fuerzas revolucionarias”, recordando este hecho histórico.

 

Los siguientes premios de automovilismo en Cuba

El Gran Premio del 59 fue cancelado porque recientemente habían asumido los revolucionarios de Fidel Castro y al año siguiente se realizó una Semana Automovilística del 21 al 28 de febrero con competencias para motos y autos de diferentes categorías y cilindradas de motores, culminando con la disputa del “Gran Premio Libertad”, última carrera de esta índole en la isla cubana pero esta vez en un circuito de 5.150 metros instalado en los caminos junto al aeródromo militar de Camp Columbia (actual ciudad Libertad), ganado por Stirling Moss con un Maserati Tipo 61 Birdcage.

Este último Gran Premio de Cuba también estuvo marcado por una tragedia. El piloto ítalo-venezolano Ettore Chimeri, en los entrenamientos previos a la carrera, perdió el control de la Ferrari que conducía, se salió del circuito y cayó por un barranco muriendo más tarde en el hospital.

Esta historia del secuestro, debería conocerse más, porque habla de un tiempo en que los pilotos se jugaban la vida sin protecciones pero también de un hombre que lejos de su coche, supo mantener la dignidad y el corazón intactos. Fangio no fue solo un campeón, fue un hombre que incluso en la noche más extraña de su carrera, procedió con la misma maestría y frialdad con la que condujo los autos más rápidos de su época.


 



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