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(escribe prof. Alejandro Carreño T.) Es lo que acaba de ocurrir en el estadio Libertadores de América, en Buenos Aires. Se jugaba el partido de revancha entre Independiente de Avellaneda y Universidad de Chile por la llamada Copa Sudamericana.
De las páginas deportivas a las páginas policiales. El deporte se tiñe con el rojo de la sangre de los mal llamados “hinchas”. El fútbol se suspende y los jugadores corren a los camarines. Es el ritual. En cuanto en las gradas, los bárbaros de un lado y de otro se destrozan por una pelota que corre inocente por el rectángulo del campo deportivo. Porque, al final, de eso se trata. De defender los colores de su equipo, aunque sea con fierros y cuchillas en la mano. ¿Nadie controla el ingreso de estas armas mortales?
Es cierto. En una sociedad civilizada no debiera nadie controlar a nadie para ingresar a un evento deportivo como es un partido de fútbol que, en realidad, debiera ser un espectáculo para entretenerse o aburrirse, y nada más. Pero no estamos ante la presencia de una sociedad civilizada, sino ante grupos de energúmenos que se potencian y justifican sus crímenes y fechorías con una camiseta o una insignia que abrazan como una religión. Como fanáticos enceguecidos. Como verdaderos talibanes del fútbol.
Lamentablemente nos hemos acostumbrado a convivir con esta apología de la violencia en diversos recintos deportivos y que, al parecer, a nadie importa, puesto que se repiten con desvergonzada frecuencia en los países de nuestra región. Una realidad que debiera hacernos meditar como sociedad, entregada sin más a espectáculos deplorables, propios de pandilleros y no de amantes del deporte. ¿Cuál es el sentido de la violencia que estos bárbaros generan? Sin duda que ninguno, pero evidencia con ello la degradación del ser humano y la descomposición social.
Lo peor, a mi modo de ver, es que quienes tienen en sus manos la responsabilidad de velar por la tranquilidad y armonía de estos espectáculos deportivos, no asumen como debieran lo que a cada uno le pertenece: autoridades políticas, deportivas y la prensa, que juega un papel fundamental no solo para mostrar las “jugadas más relevantes”, entrevistar a este o aquel, sino también, para crear conciencia deportiva entre los hinchas, y no azuzar, como suelen hacerlo, con comentarios odiosos y francamente agresivos, a los bárbaros como los de Avellaneda.
El amor por el deporte debe fomentarse desde la niñez y mantenerse en el tiempo. Por eso, la voz de los ídolos deportivos, los activos y los que ya son leyenda, los verdaderos, no aquellos viciosos y también pendencieros, tienen, con su palabra, una hermosa labor que debieran asumir como ejemplos que son. Porque salvar la belleza del deporte le compete a todo un país, a todo un continente, a toda la sociedad civilizada. Porque, lo que vimos en el Estadio Libertadores de América de Buenos Aires y el rol de la policía argentina, vergonzosa desde todo punto de vista, le quita a cualquier hincha de verdad, las ganas de volver a un estadio.
Terminar con los bárbaros como los de Avellaneda está en manos de todos quienes tienen en las suyas los destinos de un país y del deporte. Manos duras, porque no se trata de hinchas, sino de delincuentes.
A los lectores de @gesor que realizan comentarios, en particular a quienes ingresan en la condición de incógnito, no se molesten en hacer comentarios ya no son publicados debido a que no dejan registro de IP ante eventual denuncia de alguna persona que se sienta dañada por ellos.
Igualmente reiteramos lo que hemos escrito en anteriores oportunidades, que pueden referirse con la dureza que se entienda pertinente pero siempre dentro del respeto general y no discriminando ni agraviando, o con expresiones que de alguna manera inciten a la violencia. Los comentarios son una herramienta maravillosa que debemos preservar entre todos.