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(escribe prof. Alejandro Carreño T. ) Me preguntaba hace unos días un amigo holandés si nosotros, los latinoamericanos, somos camorreros. Bueno, le dije, tal vez un poco menos que los europeos, pero sí, admití, somos bien camorreros. Más o menos que los europeos, lo cierto es que vivimos en conflictos, y no me refiero a los conflictos internos, sino a las relaciones con los vecinos. A nuestros vecinos los miramos de reojo, entre que les creemos y no les creemos la amistad y el amor que nos profesan. Y somos, por supuesto, mirados de la misma manera.
A veces me pregunto si las embajadas solo existen para la buena vida. Para ver bien el canapé, y disfrutarlo, la cena, el whisky y firmar acuerdos. Acuerdos que vuelta y media dejan de tener cualquier valor como todo acuerdo diplomático que se precie de tal. Entonces los gobiernos, que suelen están normalmente en problemas con su gente, sobre todo de corrupción, encuentran en el baúl de los recuerdos algún pleito viejo que revivir con el vecino, apelando a ese sentimiento tan bizarro como contumaz y conveniente del latinoamericano llamado “patriotismo”.
Es la estrategia política más utilizada por quienes la están pasando mal y para peor de males, tienen frente a sus narices alguna contienda electoral. Por eso estoy bastante sorprendido con la campaña presidencial boliviana que se dirimirá el próximo domingo 17, puesto que, como ha ocurrido en el pasado, esta vez Chile casi ni apareció en los debates. Son otros tiempos, dicen por esos lados. Estamos en la onda de los acuerdos bilaterales. Y me alegro por ello, pues la paz con el vecindario es primordial para el desarrollo de nuestras naciones.
Pero no sucede lo mismo con Colombia que ha acusado a Perú de adueñarse de una isla que, a juicio de ellos, les pertenece. Un lío que los tiene con dimes y diretes de un lado y de otro. Como sabemos, ni Petro ni Boluarte viven días apacibles, ambos acusados de corrupción. Y solo Dios sabe qué pasará con ellos cuando dejen la presidencia, sobre todo ahora que Colombia entró también en la saludable onda de condenar a presidentes corruptos. Perú, como se sabe, tiene una larga trayectoria en estas andanzas y es el líder indiscutido de la región.
Este es el panorama de ahora en América Latina. Sin embargo, el continente ha vivido desde siempre en permanentes líos limítrofes que han puesto en jaque la paz de la región y roto muchas relaciones diplomáticas, haciendo caso omiso de las palabras de Simón Bolívar: “La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres sino inexorable decreto del destino. Unámonos y seremos invencibles”. No se salva ningún país, lo que el lector puede comprobar fácilmente en las innumerables páginas de Google que aluden al tema.
¿Aprenderemos algún día a convivir siquiera como buenos vecinos? Porque hacerlo como hermanos ya son palabras mayores.
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